Mirar al mundo, tan solo contemplar el vacío que nos espera afuera, provoca llorar, y seguir mirando. La velocidad con que transcurren los sucesos de la vida, y nosotros esperando, corriendo el minuto, buscando un poco más.
Luces ardiendo en la oscuridad de la noche, tangibles en su inmensa soledad, visibles tan solo por el espanto de no ver más alla. Pero nada más, nada que nos diga a donde llegar, para donde partir, con qué pie empezar. Nada, en su totalidad, en su esplandor, en su omnipotencia.
Tantos laberintos que recorrer, tantas horas que perder, tantos reflejos que admirar y tantos vidrios que romper. Tantas verdades que asustar, tantas realidades que cambiar. Tantas sensaciones que tocar y ningun momento para hacerles lugar.
En un solo segundo, en un latido...escuchar el suelo crujir, tocar el viento al rozar la nariz, la punta de los dedos...acariciar la mañana con los ojos y oler ese dulce respirar un día más. Detenerse un momento, tan solo eso...y escucharse a uno cantar. Respirar hondo y tragar la escencia de que estamos vivios, y no dejarla pasar. Sin aferrarse, sin admiración, solo....aceptar. Dejar que esa sensacion de tranquilidad te acompañe, que te escuche soñar, que te sienta volar. Y por una vez en la vida, tan solo....dejate llevar.
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